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La persona, lo primero.

Contigo hasta la meta.

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La mayoría de los aprendizajes en Educación Infantil se realizan a través de la manipulación, experimentación y la utilización de recursos materiales que provocan la estimulación de todos los sentidos. Y es que, desde edades muy tempranas, los sentidos no sólo ayudan al pequeño a conocerse a sí mismo, también a que conozca el mundo que le rodea.

A través de la experimentación táctil el niño va explorando su entorno, manipulando y conociendo todo aquello que le rodea a través del gusto. Por este motivo, resulta habitual que los niños se lleven a la boca todo aquello que encuentran a su alrededor.

El viaje que realizan los más pequeños en el mundo del gusto comienza durante el periodo de gestación, ya que el ser humano ya nace con el sentido del gusto plenamente desarrollado. Todos disponemos de esta habilidad. No obstante, cada uno reacciona de forma diferente puesto que tenemos nuestras propias preferencias.

El niño, a medida que va creciendo, va desarrollando y agudizando los sentidos. Es entonces cuando disfruta descubriendo nuevos sabores. Un factor importante a tener en cuenta es que, en muchas ocasiones, el rechazo a ciertos alimentos no es por el propio sabor, sino por la sensación de la textura. A estas edades todavía hay muchos alimentos que no han probado, ya que el sentido del gusto se va desarrollando a medida que va aumentando la variedad de los alimentos que conforman su dieta.

En el aula de 1 año, aprovechando que estamos trabajando el tema de los alimentos, hemos querido brindarles la oportunidad de que experimenten, manipulen, exploren y sientan por ellos mismos algunos de los sabores que ya conocen, como son: dulce, salado y ácido. Para ello, realizamos el “Taller del gusto”. En él, repartimos a cada niño un plato con mermelada de fresa, miel, sal, limón y tomate natural, con el objetivo de que probaran y experimentaran por ellos mismos, no sólo los distintos sabores, sino también las diferentes texturas. Hubo niños muy atrevidos que decidieron probar y tocarlo todo, mientras que otros miraban al plato y sonreían. Llevando a cabo esta actividad se pudo observar cómo, en un principio, algunos no querían tocar los alimentos, pero, después de mostrarles que no había ningún peligro, ellos mismos se lanzaron a tocarlos.

Lo que se pretende conseguir con este tipo de actividades es despertar el interés de los niños por conocer nuevos sabores, fomentar su autonomía, el disfrute, la experimentación personal al atreverse a tocar y probar cosas nuevas y, sobre todo, favorecer el aprendizaje a través de la experimentación, exploración y manipulación.