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(Escrito por Natalia Martínez de las Rivas, 2º BACH B)

¡Cómo íbamos a imaginarnos aquel último primer día de clase, recién llegadas del sol, el mar y el calor, morenas, relajadas y con miles de historias que contar, que nueve meses después estaríamos contando con los dedos de una mano los días que nos quedaban juntas!

 

Lo único en lo que podíamos pensar era en aquella frase que escuchamos en boca de nuestras encargadas de curso. Un saludo que fue como un puñetazo a lo que quedaba de nuestro “yo” veraniego: “¡Chicas! ¡Que Selectividad está a la vuelta de la esquina!”. No éramos capaces de concebir un mundo en el que aquello fuera real… Hasta que pasó.

De repente nos encontrábamos cuesta abajo y sin frenos. Así nos dimos cuenta de lo inquietante que resultaba que sólo nos quedaran unas pocas ocasiones en las que íbamos a reunirnos todas para algo más que no fueran los repasos.

El tiempo fue pasando y llegó la Confirmación. Durante la ceremonia nos encontramos con algún pequeño bache, como el fallo del micrófono del obispo. Una situación que, acostumbradas a esa etiqueta de “gafes” a la que, con el tiempo, hemos cogido cariño, no llamó nuestra atención. Pero, para nuestra sorpresa, todo terminó saliendo bien. No obstante, cabe destacar ese pequeño lapsus de memoria en el que a todas se nos olvidó lo que teníamos que contestar al obispo y lo único que salió de nuestras bocas fue un titubeante “SÍ” al unísono. Entre risas, hicimos lo que pudimos y aquello fue un notable alto, por lo menos. Aunque, sin duda, el momento más impresionante fue escuchar a una de nuestras compañeras terminar su petición en nombre de todas con “y que algún día la promoción XLI esté otra vez reunida en el Cielo”, una de las pocas ocasiones en las que estábamos verdaderamente en silencio.

La siguiente celebración llegó, sin duda, con más expectativas: LA GRADUACIÓN. Ese épico momento que había sido protagonista de nuestros viajes a las nubes durante las clases. A pesar de que muchas aún teníamos la inquietud de haber conseguido aprobar o no, resultó imposible no evadirse de todo y disfrutar del momento. Entre el discurso de nuestra directora, lleno de mensajes de esperanza sobre el futuro, y el discurso de un padre, tremendamente implicado en la educación de su hija, olvidamos lo que nos esperaba cuando dos de nuestras delegadas subieran a dar su discurso. No habría vida suficiente para recordar todas las peculiaridades y locuras cometidas de nuestra promoción, pero, de alguna manera, esas dos compañeras consiguieron hacernos recordar cada buen momento de nuestro viaje por el colegio.

Tras esto llegó el vídeo del curso, la entrega de las becas, y por supuesto, las lágrimas. Porque incluso durante la misa se hizo referencia a lo unidas que habíamos conseguido estar al final, cuando Don Jorge, con visible confusión, se refirió a nosotras como “La República Independiente de Segundo de Bachillerato”. Si a esto le sumamos los “temazos”, cosecha de la Convivencia en Torreciudad que con tanta pasión cantaban (e incluso bailaban) nuestras compañeras, podemos asegurar que fue una de las misas más entretenidas de nuestra vida.

El ambiente siguió igual de animado cuando llegó el momento del cóctel en el polideportivo. Allí todas comenzamos a organizarnos para sacar, por lo menos, UNA buena foto de todo el curso y, por supuesto, una con aquellas profesoras que nos han acompañado este último e intenso año, llamadas al grito de “¡Biología!”, “¡Dibujo!” y “¡Letras!”.

Agotadas y satisfechas partimos a nuestros hogares con una sonrisa en la cara y una ilusión en el corazón.

Poco tiempo después éramos convocadas a una pequeña romería en una lejana y misteriosa tierra llamada “Gorliz”, más allá de la zona verde de la línea del metro por la que la gran mayoría de nuestras compañeras no sabían moverse con facilidad. Tras una costosa subida, llegamos a una entrañable ermita en la que nos encontramos con numerosas amigas de ocho patas y con un curioso jardinero que quedó consternado al escuchar nuestros rezos al otro lado del seto que se hallaba cortando. Teníamos un objetivo claro, llegar al merendero del pinar, pero, como complicarnos la vida es lo nuestro, terminamos yendo hasta el mismísimo final del paseo de la playa para comer. Allí, una vez más, pasamos el rato como piña que somos y, a diferencia de otros años en los que ir con “tu grupo” era una ley no escrita, esta vez el ambiente resultaba mucho más abierto, más familiar.

El sol, el mar y el calor nos rodeaban, señales de la vuelta del verano, aquel del que llegamos tan ilusionadas y al que volvemos, por primera vez, con una sensación agridulce. El cuerpo y la mente gritan que ya es hora de un descanso, pero, esta vez, a la vuelta no nos esperan nuestras compañeras, profesoras y la siesta en el autobús, sino un nuevo comienzo…

Después de una agobiante carrera hasta la estación y un tranquilo viaje de vuelta, salimos del vagón con una sensación extraña y al mirar atrás vimos todas esas caras conocidas yéndose con el sonido del metro alejándose. Ya está, después de tantos años, aquella había sido nuestra última excursión juntas y, queramos o no, ya era hora. Para bien o para mal, esta etapa de nuestro viaje está terminando y hay algo que está claro: por cada agobio y frustración que hemos pasado durante estos años, hay cien anécdotas que recordar.

Porque en cinco, diez o cuarenta años, ¿De qué vamos a acordarnos? De aquel concurso de desayunos de Navidad que perdimos estrepitosamente o de la declaración de independencia y la barricada que todas hicimos en común para hacer valer nuestros derechos como “las mayores” del colegio y que tanto nos unió.